Breves historias
de Colonia Caroya

La Cosecha   

Años atrás, en el mes de Febrero, Colonia Caroya era una fiesta, y la misma se daba en las quintas, en medio de las vides, de las interminables hileras de francesa, pinot, la perfumadísima frambua, isabela, también la de mesa, que servíamos de postre y tenía unos granos gordos y muy dulces, y la ojo de gallo que se usaba para poner en la grappa.

Entre cajones, canastos, la "slite", especie de trineo sin ruedas que servía para transportar los cajones de madera, que habían sido cuidadosamente lavados con anterioridad y colocados al sol para su secado.  En el frente de cada uno de ellos estaban colocadas las iniciales de su dueño para evitar confusiones, eran sin lugar a dudas un bien preciado.  Allí se colocarían los racimos de uva, ante la mirada atenta de los dueños de la quinta, para que no se arrojen también hojas y palitos, que arruinarían la carga, llegando a sanciones de parte de los bodegueros, tales como suspender las entregas.

Generalmente eran jóvenes los que participaban de la cortada de la uva, los hijos de la familia propietaria ya habían sido advertidos, se avisaban también a parientes, vecinos.  Luego se devolverían las horas de trabajo trasladándose según la necesidad determinada por la graduación de la uva, y en último caso, se contrataba algún que otro peón, que había que ir a buscar a Jesús María.

Todo esto presuponía un ambiente de risa, chanzas y despreocupada alegría, en muchos casos esto alentaba algún que otro coqueteo, que se trasladaba luego a los corzos y bailes de carnaval y devenía en noviazgo.

A los chicos no nos dejaban cosechar, pero sí nos mandaban a llevar el matecocido a la quinta, en una pava grande y roja, que transportábamos en una mano y en la otra una canasta de mimbres donde la mamá había colocado envuelto en un repasador pan casero cortado en rebanadas gruesas, queso también casero y salame conservado para la ocasión, y en caso de no haberlo, mortadela cañón, que para paladares acostumbrados a salame, sabía a preciado bocado.  No faltaba la botella de vino, sólo para los hombres, y una de agua fresca que sacábamos del aljibe con un balde que chorreaba por los costados.  Y se producía el gran picnic, improvisando la mesa con un cajón de uva dado vuelta, rápidamente se acercaban los comensales, las mujeres usaban los pantalones de sus hermanos varones, no era una prenda habitual en la mujer, y camisas manga larga para protegerse de los mosquitos, y también del sol, la moda del bronceado vino después.  Las conversaciones, de los más variados temas: graduación de la uva, que no llueva, Dios nos libre de una pedrada, si llovizna se nos pudre toda, dónde cosecharemos mañana, se entremezclaban con: sabés con quién bailó la "fulana" en el vermouth de la agraria?(reunión bailable que se realizaba en el Club Agraria Colón), y tantos otros.

Cuando la cosecha finalizaba se invitaba a todos los que habían participado a un asado que se servía en el patio del dueño de casa, sin saberlo le estábamos dando origen a una de las fiestas más conocidas de Colonia Caroya: la Sagra de la Uva.

Marta Copetti

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